Los finales de año son terreno abonado para las listas, esa fiebre contemporánea que tanto éxito tiene (y no lo digo yo, lo dice, entre otros, Umberto Eco, cuyo último libro, El vértigo de las listas, trata sobre este fenómeno que a mí ya me hastía un poquito). Listas sobre todo: las noticias más impactantes, los personajes, los libros y las películas del año y, por supuesto, ese clásico que no puede faltar en ningún especial que se precie: las mejor (y peor) vestidas.
No seré yo quien tire la primera piedra, aunque sea preciosa, sobre la peor vestida… entre otras cosas, porque la competencia es feroz (aunque, si tuviese que inclinarme por alguien, sin duda mi dedito acusador se posaría sobre esa mamarracha infame llamada Lady Gaga, a quien me encantaría ver cantando su último hit en un patíbulo). Sin embargo, sí que puedo postrarme de rodillas sobre la que, según todas las cabeceras internacionales, es la mejor vestida con diferencia: Diane Kruger. No puedo dejar de estar de acuerdo… aunque, claro, cuando Una tiene el físico y el careto de esta mujer, ser elegante no es un mérito; lo realmente meritorio sería NO serlo.

Cuando veo estas listas, me pregunto: ¿realmente las elegantes oficiales son elegantes? Quiero decir que cuando haces de la elegancia una profesión (de fe), para mí pierde parte de su valor. Cuando te asesora un equipo de estilistas, cuando las mejores casas internacionales se pelean por vestirte, cuando Tiffany’s o Cartier o Harry Winston hacen cola ante tu puerta para prestarte sus mejores piezas, cuando no tienes que preocuparte ni de tu peinado ni de tu maquillaje ni de tu manicura porque sabes que alguien ya lo hará por ti… ¿qué merito tiene? ¿Es realmente elegante SER elegante o no es más que otra ficción?
¿Quién es, para vosotros, la mejor vestida del año? ¿Quién es, según vuestra experta opinión, la más elegante del 2009? ¿A quién consideráis elegante al margen de listas, modas y modos? Y si alguien me nombra ahora a Isabel Preysler o Naty Abascal os prometo que me hago el hara-kiri.