El viernes pasado me levanté a las 5 de la mañana, me cogí el AVE Madrid-Barcelona de las 05:45, me quedé inconsciente y a las 9 de la mañana estaba en la sede de Loewe de la Carrera de San Jerónimo para desayunar con algunos de mis compañeros profesores del Máster de Comunicación y Moda del IED junto con Enrique Loewe y el director creativo de la casa, Stuart Vevers, que también llegaba de Barcelona (aunque él en avión y con mucha mejor cara que yo).
Fue un encuentro interesantísimo donde tuvimos la enorme suerte de escuchar de primera mano la opinión de Enrique Loewe sobre el trabajo de Stuart, los entresijos de la relación entre la marca española y su empresa propietaria -el grupo Vuitton- o saber los próximos planes de Vevers (que os contaré cuando tenga permiso). A todo esto, Stuart Vevers es un tipo encantador, entusiasmado con su trabajo y listo como el hambre. Una esponja que ha sabido y ha querido jugar con la herencia de siglos de la casa Loewe y rendir homenaje a todo lo que él ha creído que lo merece. Y el primer director creativo global de la marca después de mucho tiempo, durante el cual las diferentes líneas de producto de Loewe llevaban rumbos paralelos, sin un creador que lo aglutinara todo.
Y tras el desayuno, todos a un minibús de camino a Getafe o, para ser más exacto, a un políngano industrial de Getafe donde tiene su sede la fábrica de Loewe y el almacén de lo que en un futuro, y en otro lugar, será el Museo Loewe.
Las piezas de museo:
Una fascinante experiencia ver y tocar objetos del siblo XIX creados a mano para caballeros que viajaban con su neceser a cuestas (donde se incluía desde una jofaina hasta maravillosos frascos para el agua y los perfumes, brochas…) en una piel de cordero impecable. Bolsos de fiesta de principios del XX -alguno ha salido de mi tienda vintage favorita de Barcelona, Heritage, donde he comprado alguna de las piezas preferidas de mi armari0- o revisar los impresionantes escaparates diseñados por ese genio que fue Pérez de Rozas, que creó un universo fascinante y colorista en las calles del Madrid gris ysinestro de entonces. Maravilloso.
Y por si la muestra de objetos mágicos nos hubiera parecido poco, a continuación recorrimos los armarios que contenían piezas y prendas maravillosas de la historia de Loewe: los diseños que hizo para la firma Armani, Lagerfeld, Narciso Rodríguez… o el mantón que lucía Penélope Cruz en Los abrazos rotos.
A continuación, un recorrido por el taller, donde 100 personas trabajan la piel y del que lo que me resultó más interesante fue la obsesión de Loewe por servir como plataforma de formación de artesanos, a cargo de algunos maestros de la casa que llevan allí trabajando más de 40 años y transmiten su conocimiento del oficio. Puro futuro del lujo.
En definitiva, un palizón que mereció la pena y un privilegiado acceso a los entresijos de Loewe muy revelador y tan, tan lejos de China.